¡Toooodo!
Lo
que servía y lo que no.
Porque algún día las cosas podían volver a
servir.
Le
dábamos crédito a todo.
Sí…
ya sé, tuvimos un gran problema: nunca nos
explicaron qué cosas nos podían servir y qué
cosas no.
Y
en el afán de guardar (porque éramos de
hacer caso) guardamos hasta el ombligo de
nuestro primer hijo, el diente del segundo,
las carpetas de jardinera… y no sé cómo no
guardamos la primera caquita.
¡¿Cómo
quieren que entienda a esa gente que se
desprende de su celular a los pocos meses de
comprarlo?!
¿Será
que cuando las cosas se consiguen fácilmente
no se valoran y se vuelven desechables con
la misma facilidad con que se consiguieron?
En
casa teníamos un mueble con cuatro cajones.
El
primer cajón era para los manteles y los
repasadores, el segundo para los cubiertos y
el tercero y el cuarto para todo lo que no
fuera mantel ni cubierto.
Y
guardábamos.
¡¡Cómo
guardábamos!!
¡¡Tooooodo
lo guardábamos!!
¡Guardábamos
las chapitas de los refrescos!
¡¿Cómo
para qué?!
Hacíamos limpia calzados para poner delante
de la puerta para quitarnos el barro.
Dobladas y enganchadas a una piola se
convertían en cortinas para los bares.
Al
terminar las clases le sacábamos el corcho,
las martillábamos y las clavábamos en una
tablita para hacer los instrumentos para la
fiesta de fin de año de la escuela.
¡Tooodo
guardábamos!
Las cosas que usábamos: mantillas de faroles,
ruleros, ondulines y agujas de primus.
Y
las cosas que nunca usaríamos.
Botones que perdían a sus camisas y
carreteles que se quedaban sin hilo se iban
amontonando en el tercer y en el cuarto
cajón.
Partes de lapiceras que algún día podíamos
volver a precisar.
Cañitos de plástico sin la tinta, cañitos de
tinta sin el plástico, capuchones sin la
lapicera, lapiceras sin el capuchón.
Encendedores sin gas o encendedores que
perdían el resorte. Resortes que perdían a
su encendedor. Cuando el mundo se exprimía
el cerebro para inventar encendedores que se
tiraran al terminar su ciclo, los uruguayos
inventábamos la recarga de los encendedores
descartables.
Y
las Gillette -hasta partidas a la mitad- se
convertían en sacapuntas por todo el ciclo
escolar. Y nuestros cajones guardaban las
llavecitas de las latas de paté o del corned
beef, por las dudas que alguna lata viniera
sin su llave.
¡Y
las pilas!
Las pilas de las primeras Spica pasaban del
congelador al techo de la casa.
Porque no sabíamos bien si había que darles
calor o frío para que vivieran un poco más.
No
nos resignábamos a que se terminara su vida
útil, no podíamos creer que algo viviera
menos que un jazmín.
Las cosas no eran desechables… eran
guardables.
¡¡Los diarios!! Servían para todo: para
hacer plantillas para las botas de goma,
para poner en el piso los días de lluvia y
por sobre todas las cosas para envolver.
¡Las veces que nos enterábamos de algún
resultado leyendo el diario pegado al
cuadril!
Y
guardábamos el papel plateado de los
chocolates y de los cigarros para hacer
guías de pinitos de navidad y las páginas
del almanaque del Banco de Seguros para
hacer cuadros, y los cuentagotas de los
remedios por si algún remedio no traía el
cuentagotas y los fósforos usados porque
podíamos prender una hornalla de la Volcán
desde la otra que estaba prendida y las
cajas de zapatos que se convirtieron en los
primeros álbumes de fotos.
Y
las cajas de cigarros Richmond se volvían
cinturones y posamates, y los frasquitos de
las inyecciones con tapitas de goma se
amontonaban vaya a saber con qué intención,
y los mazos de cartas se reutilizaban aunque
faltara alguna, con la inscripción a mano en
una sota de espada que decía “éste es un 4
de bastos”.
Los cajones guardaban pedazos izquierdos de
palillos de ropa y el ganchito de metal.
Al
tiempo albergaban sólo pedazos derechos que
esperaban a su otra mitad para convertirse
otra vez en un palillo.
Yo
sé lo que nos pasaba: nos costaba mucho
declarar la muerte de nuestros objetos.
Así como hoy las nuevas generaciones deciden
“matarlos” apenas aparentan dejar de servir,
aquellos tiempos eran de no declarar muerto
a nada… ni a Walt Disney.
Y
cuando nos vendieron helados en copitas cuya
tapa se convertía en base y nos dijeron
“Tómese el helado y después tire la copita”,
nosotros dijimos que sí, pero… ¡minga que la
íbamos a tirar! Las pusimos a vivir en el
estante de los vasos y de las copas.
Las latas de arvejas y de duraznos se
volvieron macetas y hasta teléfonos.
Las primeras botellas de plástico -las de
suero y las de Agua Jane- se transformaron
en adornos de dudosa belleza.
Las
hueveras se convirtieron en depósitos de
acuarelas, las tapas de bollones en
ceniceros, las primeras latas de cerveza en
portalápices y los corchos esperaron
encontrarse con una botella.
Y
me muerdo para no hacer un paralelo entre
los valores que se desechan y los que
preservábamos.
No
lo voy a hacer.
Me
muero por decir que hoy no sólo los
electrodomésticos son desechables; que
también el matrimonio y hasta la amistad es
descartable.
Pero no cometeré la imprudencia de comparar
objetos con personas.
Me
muerdo para no hablar de la identidad que se
va perdiendo, de la memoria colectiva que se
va tirando, del pasado efímero.
No
lo voy a hacer.
No
voy a mezclar los temas, no voy a decir que
a lo perenne lo han vuelto caduco y a lo
caduco lo hicieron perenne.
No
voy a decir que a los ancianos se les
declara la muerte apenas empiezan a fallar
en sus funciones, que los cónyuges se
cambian por modelos más nuevos, que a las
personas que les falta alguna función se les
discrimina o que valoran más a los lindos,
con brillo y glamour.
Esto sólo es una crónica que habla de
pañales y de celulares.
De
lo contrario, si mezcláramos las cosas,
tendría que plantearme seriamente entregar a
la bruja como parte de pago de una señora
con menos kilómetros y alguna función nueva.
Pero yo soy lento para transitar este mundo
de la reposición y corro el riesgo que la
bruja me gane de mano … y sea yo el
entregado.
Y
yo…no me entrego.