Siempre será el hombre un
romántico inacabado y los sueños de la mujer,
creadora de la vida, serán por siempre
consumidos por el torbellino de un amor
apasionado, ambos entrelazan las fuerzas
naturales de su espíritu para trascender al
infinito; perdiéndose en la significativa y
profunda entrega de sus cuerpos enamorados.
Es una bella manera de iniciar una charla
amena y llena de amor, ¿no lo cree estimada
(o) lector?
Un
encuentro anhelado se dará caminando por una
de esas inmensas playas, los pies húmedos de
aquel hombre acarician las arenas blancas y
suaves. Traspasando la vista allende las
aguas cristalinas, un magnifico astro casi
rojizo tocará el horizonte perdido a la
distancia, el viento levantando la brisa
golpea con fuerza la túnica blanca mojada
que cubre ese cuerpo desnudo, mientras el
astro se agiganta tras el horizonte marino,
penetrando eternos instantes las aguas;
abriendo delante un camino dorado e
insinuante.
Su
masculinidad deja una mirada profunda ante
el cosmos henchido de vida.
En
la lejanía se dibuja la imagen de una
doncella que avanza y observa el astro
muriendo, mientras un azul intenso, tinta la
mar cristalina, siente la excitación que las
olas le provocan en su quebrar constante
sobre la playa, en aumento acaricia el
viento delineadas dunas de su suave y dorada
piel, mientras la luz lentamente pierde su
fuerza.
La
dama extiende sus brazos dejando sus prendas
volando a la zaga, en su desnudez, da forma
a una cruz y suspira profundamente mientras
su aroma de ricas fragancias; envuelve al
hombre que viene tan cerca. El, detenido y
perplejo ante la bella figura, recibe en los
hombros aquella caricia de esas manos
delgadas y suaves.
Al
brillo del primer lucero, ella con esos
ojazos moriscos profundos como la misma
noche, se posa frente al hombre y anhelante
observa las prendas mojadas delineando el
pecho y sus muslos torneados, aprecia sus
formas sensuales pendientes entre él y la
arena, le toma las manos y en una caricia va
llevándolas lentamente hasta sus senos
palpitantes y gira enredando su cuerpo
buscando cobijo en el robusto pecho, sus
largos cabellos acariciados brillan
intensamente incitando a esos varoniles
labios a prenderles un beso.
Toda la tibieza de sus cuerpos perfectos se
invaden lentamente, perdido el último has de
luz en la profundidad de la noche todo se ha
consumado, estando tan cerca y de frente, la
sed de sus labios sensuales recorren el
pecho, las sensaciones al tacto de sus manos
ansiosas despiertan el fuego demandante de
pasiones y aromas, en tanto la luna arrulla
discreta el acto amoroso.
Con
la suavidad de un vuelo se posan los cuerpos
sobre las tibias arenas, sin siquiera
pensarlo los tibios labios se unen entre sus
mieles, dejando amarse intensamente aceptan
sus labios ardientes, lenta y amorosamente
beben en su ser apasionado la sensualidad
contenida por años en ella, la ofrenda
celeste se hunde en el altar de la divinidad,
adivinando entre vellos sensuales la tibieza
sonrosada y profunda de la virginidad.
Este acto amoroso es el milagro que precede
a la creación, para finalmente a la luz de
las estrellas aflore la vida al atardecer de
un día de verano colmado de pasiones y
deseos reprimidos.
Nada, ni nadie puede ante el milagro de la
creación censurar la fusión de ambos cuerpos,
el fuego amoroso purificándoles lentamente
mientras el viento los eleva hasta perderlos
en la basta y eterna oscuridad de la noche.
Arcolo 2002