No están bien de la cabeza.
Usan championes con aire y
zapatillas de marca, corren
descalzos o gastan calzados.
Traspiran camisetas, calzan gorras y
miden una y otra vez su propio
tiempo.
Están tratando de ganarle a alguien.
Trotan con el cuerpo flojo, pasan a
la del perro blanco, pican después
de la columna, buscan una canilla
para refrescarse… y siguen.
Se inscriben en todas las carreras…
pero no ganan ninguna.
Empiezan a correrla en la noche
anterior, sueñan que trotan y a la
mañana se levantan como niños en Día
de Reyes.
Han preparado la ropa que descansa
sobre una silla, como lo hacían en
su infancia en víspera de vacaciones.
El día antes de la carrera comen
pastas y no toman alcohol, pero se
premian con descaro y con asado
apenas termina la competencia.
Nunca pude calcularles la edad pero
seguramente tienen entre 15 y 85
años.
Son hombres y mujeres.
No están bien.
Se anotan en carreras de ocho o diez
kilómetros y antes de empezar saben
que no podrán ganar aunque falten
todos los demás.
Estrenan ansiedad en cada salida y
unos minutos antes de la largada
necesitan ir al baño.
Ajustan su cronómetro y tratan de
ubicar a los cuatro o cinco a los
que hay que ganarles.
Son sus referencias de carrera:
“Cinco que corren parecido a mí”.
Ganarle a uno solo de ellos será
suficiente para dormir a la noche
con una sonrisa.
Disfrutan cuando pasan a otro
corredor… pero lo alientan, le dicen
que falta poco y le piden que no
afloje.
Preguntan por el puesto de
hidratación y se enojan porque no
aparece.
Están locos, ellos saben que en sus
casas tienen el agua que quieran,
sin esperar que se la entregue un
niño que levanta un vaso cuando
pasan.
Se quejan del sol que los mata o de
la lluvia que no los deja ver.
Están mal, ellos saben que allí
cerca está la sombra de un sauce o
el resguardo de un alero.
No las preparan… pero tienen todas
las excusas para el momento en que
llegan a la meta.
No las preparan…son parte de ellos.
El viento en contra, no corría una
gota de aire, el calzado nuevo, el
circuito mal medido, los que largan
caminando adelante y no te dejan
pasar, el cumpleaños que fuimos
anoche, la llaga en el pie derecho
de la costura de la media nueva, la
rodilla que me volvió a traicionar,
arranqué demasiado rápido, no dieron
agua, al llegar iba a picar pero no
quise.
Disfrutan al largar, disfrutan al
correr y cuando llegan disfrutan de
levantar los brazos porque dicen que
lo han conseguido.
¡Qué ganaron una vez más!
No se dieron cuenta de que apenas si
perdieron con un centenar o un
millar de personas… pero insisten
con que volvieron a ganar.
Son raros.
Se inventan una meta en cada carrera.
Se ganan a sí mismos, a los que
insisten en mirarlos desde la vereda,
a los que los miran por televisión y
a los que ni siquiera saben que hay
locos que corren.
Les tiemblan las manos cuando se
pinchan la ropa al colocarse el
número, simplemente por que no están
bien.
Los he visto pasar.
Les duelen las piernas, se
acalambran, les cuesta respirar,
tienen puntadas en el costado… pero
siguen.
A medida que avanzan en la carrera
los músculos sufren más y más, la
cara se les desfigura, la
transpiración corre por sus caras,
las puntadas empiezan a repetirse y
dos kilómetros antes de la llegada
comienzan a preguntarse que están
haciendo allí.
¿Por qué no ser uno de los cuerdos
que aplauden desde la vereda?
Están locos.
Yo los conozco bien.
Cuando llegan se abrazan de su mujer
o de su esposo que disimulan a puro
amor la transpiración en su cara y
en su cuerpo.
Los esperan sus hijos y hasta algún
nieto o algún abuelo les pega un
grito solidario cuando atraviesan la
meta.
Llevan un cartel en la frente que
apaga y prende que dice “Llegué -Tarea
Cumplida”.
Apenas llegan toman agua y se mojan
la cabeza, se tiran en el pasto a
reponerse pero se paran enseguida
porque lo saludan los que llegaron
antes.
Se vuelven a tirar y otra vez se
paran porque van a saludar a los que
llegan después que ellos.
Intentan tirar una pared con las dos
manos, suben su pierna desde el
tobillo, abrazan a otro loco que
llega más transpirado que ellos.
Los he visto muchas veces.
Están mal de la cabeza.
Miran con cariño y sin lástima al
que llega diez minutos después,
respetan al último y al penúltimo
porque dicen que son respetados por
el primero y por el segundo.
Disfrutan de los aplausos aunque
vengan cerrando la marcha ganándole
solamente a la ambulancia o al tipo
de la moto.
Se agrupan por equipos y viajan 200
kilómetros para correr 10.
Compran todas las fotos que les
sacan y no advierten que son iguales
a las de la carrera anterior.
Cuelgan sus medallas en lugares de
la casa en que la visita pueda
verlas y tengan que preguntar.
Están mal.
-Esta es del mes pasado- dicen
tratando de usar su tono más humilde.
-Esta es la primera que gané- dicen
omitiendo informar que esa se la
entregaban a todos, incluyendo al
que llegaba último y al inspector de
tránsito.
Dos días después de la carrera ya
están tempranito saltando charcos,
subiendo cordones, braceando
rítmicamente, saludando ciclistas,
golpeando las palmas de las manos de
los colegas que se cruzan.
Dicen que pocas personas por estos
tiempos son capaces de estar solos -consigo
mismo- una hora por día.
Dicen que los pescadores, los
nadadores y algunos más.
Dicen que la gente no se banca tanto
silencio.
Dicen que ellos lo disfrutan.
Dicen que proyectan y hacen
balances, que se arrepienten y se
congratulan, se cuestionan, preparan
sus días mientras corren y conversan
sin miedos con ellos mismos.
Dicen que el resto busca excusas
para estar siempre acompañado.
Están mal de la cabeza.
Yo los he visto.
Algunos solo caminan… pero un día…
cuando nadie los mira, se animan y
trotan un poquito.
En unos meses empezarán a
transformarse y quedarán tan locos
como ellos.
Estiran, se miran, giran, respiran,
suspiran y se tiran.
Pican, frenan y vuelven a picar.
Me parece que quieren ganarle a la
muerte.
Ellos dicen que quieren ganarle a la
vida.
Están completamente locos.
Marciano
Durán
Marzo 2008

Marciano Durán