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Página # 50

Un viejo maestro de pueblo

Por: Arcolo

Rafael Paredes Balderrama (Copyright)

 

Hace apenas una semana, encontré sentado en la banca de un parque público a una persona de agradable conversación, con una historia de vida llena de experiencias, había sido maestro de una escuela rural toda su vida. Estábamos a cubierto del sol por la sombra de un espléndido árbol, cerca se podía escuchar en breves momentos el armonioso arrullo del agua fluida de una fuente central, testigo fiel de todas las manifestaciones de los pobladores del lugar.

En esta profesión la vida nos proporciona la oportunidad de poder convivir con grupos de personas de quienes no sabemos nada en lo absoluto, pero que llegamos a amar intensamente y con el tiempo pasamos a ser parte de sus recuerdos con los que nos vuelven inmortales en sus mentes cada que hablan de su niñez, porque somos parte de ella y ésta sin su maestro objeto de tantas travesuras o aprendizajes que pudieron ser algún consejo, regaño o el castigo necesario en aquel momento de su infancia, tiempos de sueños e ilusiones por cumplir, no estaría completa sin nosotros.

Con estos comentarios retomo la charla, -creo que tiene mucho de cierto esa afirmación, le comenté-……., así es, estimado camarada, por todos los pupitres de madera, pintados con ese gris mortecino enfilados en el viejo salón de clases de 5º y 6º de primaria, han pasado ante mis ojos, miles de mentes brillantes depositadas en cuerpos delgados, bronceados al sol y con un intenso brillo en sus ojos, sus nombres se agolpan en mis recuerdos, muchos de ellos llegaron a ser ilustres personajes que para lograrlo tuvieron que emigrar hacia las ciudades.

-Maestro y ¿existen algunos de entre esos jovencitos y jovencitas que se fueron, que hayan regresado al pueblo?-……, realmente alguno que otro, cuando se hacen las campañas políticas he llegado a tener la oportunidad de ver de lejos a algunos de mis alumnos y me llena de satisfacción verlos en el pináculo de sus carreras, fueron chicos de bien, plenos en sus juegos, compartidos y solidarios, ahora pasado el tierno, escucho sus discursos y noto en algunos, grandes cambios, y en otros, quedan pincelazos de los valores y enseñanzas que fueron sembradas en sus mentes y corazones de niños, cuando estuvieron en sus últimos años de primaria, pero olvidemos eso.

Escúchame, pasa ahora por mi mente el recuerdo de dos laureles de La India en cuyas ramas amarramos unos mecates gruesos y largos de más de 10 metros, haciendo cuatro columpios, sus asientos de tablas resistentes donde mecían las chicas tan fuertemente que el viento se regocijaba jugando con sus largos y sedosos cabellos negros, casi azulados al reflejar la luz del día, recuerdo sus gritos de ... !más fuerte!, !más fuerte! ...

Esos momentos de libertad que gozaban los chiquillos, fuera parados o sentados en las tablas, para lograr la mayor altura, era la máxima sensación de plenitud y libertad, un columpio suspendido en el viento a la sombra de aquellos grandes árboles. Cuando los pusimos, mis alumnos prácticamente me obligaron a subir en uno de ellos mientras otros lo hacían en los tres restantes, para mí fue regresar a mis tiempos infantiles, iba y venía con gran fuerza mientras mis estudiantes estaban contemplando y gritando, más alto profe, más alto, usted puede más y más, vamos hágalo, usted puede. Me moriré con estos recuerdos, porque cuando bajé del columpio, comprendí la enorme misión que tenia frente a mí en ese salón lleno de criaturas descalzas la mayoría, muchos desnutridos y otros constantemente enfermos, pero con un espíritu pleno de luz, estos pequeños, pisando desnudos el césped natural de los campos y la tierra caliente o húmeda, siempre en contacto directo con esta su madre, poseedora de toda la energía del cielo, ellos y ellas que se podían tender cual largos eran, en la playita de finas arenas que formaba la corriente del río, y señalar al cielo gritando miren un águila, o callen un momento, escuchemos al viento traspasar las ramas de los ahuehuetes y sauces, el trinar de los cardenales y las calandrias y todos, solidariamente, guardaban silencio al tiempo que soñaban lo que serían en lo futuro, mientras escuchaban el entorno que les envolvía.

Hoy que me encuentro a la sombra de este magnifico árbol, que me ha visto pasar desde mi más tierna juventud hacia la escuela por más de 50 años, puedo desnudar mi alma ante ti, joven maestro, que inicias apenas el noble camino de entregar toda tu vida y todo tu ser a esos jóvenes actuales, de los que no sabes nada, pero de los que aprenderás y conocerás poco a poco. Ellos no saben de columpios, ni arenas de ríos, mucho menos escuchan el silencio y a las aves del cielo, porque ya queda muy poco de ello en este mundo citadino, ellos pertenecen a la pantalla de la información, es su controladora, ya pocos saben del sentimiento y del amor verdadero, lo sexual y material los ha imbuido, ya que por desgracia, obtienen gran información al pasar cientos de horas frente al computador enfrascados en su soledad mal interpretada, todo por no conocer la llave de su cofre cósmico, colmado de lo mejor de sus seres perfectos e iluminados. Parte de tu misión se centra en ello, deberás abrir tu cofre y mostrarlo con amor a todos tus alumnos para que ellos reinicien su vida interior que se suspendió en sus tiernos años.

Estos ángeles perfectos, que pasan frente a tus ojos cada semestre, deberán tener el valor de cruzar todos los desiertos en su propio pie y llegar al oasis de sus espíritus, encontrarán la llave de su cofre personal y la humanidad se renovará, convirtiendo los desiertos arenosos desolados, en los vergeles y jardines universales de los cuales procedemos todos. Te deseo lo mejor de lo mejor que eres tu mismo en esencia, usa apropiadamente la creatividad de tu mente que todo lo puede y llama a las puertas de esas almas, te aseguro que ellas, perfectas e iluminadas abrirán y pasarás a morar entre ellas por siempre, serán inmortales en tus recuerdos y tú en los de ellas, hasta que algunas entiendan y deseen reaprender a amarse y entregarse a un ideal, dando valor y sentido a sus vidas, volviendo plenamente evolucionadas a las estrellas, principio y origen de sus ser resplandeciente.

El anciano maestro de pueblo se incorporó, estrecho mi mano con firmeza y noté un inusual brillo en su mirada, observé las líneas de su rostro y me maravilló el hombre detrás de esa sonrisa, acababa de escribir en mi corazón un palmo más de su inmortalidad.

 

 

La lluvia

Por: Arcolo

Rafael Paredes Balderrama (Copyright)

Dilema enero febrero 2008

Autor: Rafael Paredes Balderrama (México)

"Creemos saber quiénes somos y para qué estamos aquí;
pero no está a nuestro alcance comprender el maravilloso
misterio de la vida"

 

¡Ah¡ la lluvia, ser humilde como el agua misma, saber ir filtrando los surcos de la madre tierra y llegar a las partes
más bajas… Allí sí que hay humildad, ver llover y no mojarse es algo que desde mi más tierna infancia jamás
ha rozado conmigo… Ahora que la contemplo, aún sé lo que es ser uno con ella y ella conmigo.

La lluvia sabe juntar los hilos delicados de su transitar y unirse con otros a la vez, cuando ya son tantos se convierten
en un pequeño río, y así transformada, la he visto pasar bajo los puentes miles de veces.

Contemplo el agua en sus mismas formas realzadas por el fondo de su curso y cada mirada es distinta y a la vez
la misma, fresca, brillante, cantarina, fuerte y muy bella, bella, bella…El constante paso me ha enseñado a ser perseverante.

Su humildad me ha dado el don maravilloso de la vida, me ha hecho volver a lo natural.
Cuando ya a mis cortos 15 años me estaba formando para servir al mundo mercantil, me resistía al salir corriendo de las aulas de formación escolarizada; hacia los campos trigales y los alfalfares.

La libertad, la frescura del campo y el viento golpeando mi rostro, que belleza…
He contemplado el atardecer todas las veces del mundo, imaginado las formas de las nubes blancas sentadas al cielo; dando forma a mi imaginación de alma de niño.
Nada como el soplar del viento enfurecido que avecina la tormenta y todo mi cuerpo cual largo era, tendido sobre las siembras frescas esperando la lluvia.
Creo que las formalidades de la vida cotidiana me han incomodado de siempre; porque simplemente, no son naturales, sólo rituales establecidos que aprisionan cualquier alma sensible.

Recuerdo muy bien mi 1.75m de estatura, los cuadernos y libros envueltos en unas bolsas de hule, jajajajajaja, junto con mis zapatos bien envueltos y puestos sobre un manojo de alfalfa fresca para que no se me perdieran de vista.

Continúa en la página 51

Si el fondo musical te gustó y deseas escucharlo nuevamente hazle un "refresh" a la página y listo.






































































































 


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