Hace apenas una semana,
encontré sentado en la banca de un parque
público a una persona de agradable
conversación, con una historia de vida llena
de experiencias, había sido maestro de una
escuela rural toda su vida. Estábamos a
cubierto del sol por la sombra de un
espléndido árbol, cerca se podía escuchar en
breves momentos el armonioso arrullo del
agua fluida de una fuente central, testigo
fiel de todas las manifestaciones de los
pobladores del lugar.
En esta profesión la vida
nos proporciona la oportunidad de poder
convivir con grupos de personas de quienes
no sabemos nada en lo absoluto, pero que
llegamos a amar intensamente y con el tiempo
pasamos a ser parte de sus recuerdos con los
que nos vuelven inmortales en sus mentes
cada que hablan de su niñez, porque somos
parte de ella y ésta sin su maestro objeto
de tantas travesuras o aprendizajes que
pudieron ser algún consejo, regaño o el
castigo necesario en aquel momento de su
infancia, tiempos de sueños e ilusiones por
cumplir, no estaría completa sin nosotros.
Con estos comentarios retomo
la charla, -creo que tiene mucho de cierto
esa afirmación, le comenté-……., así es,
estimado camarada, por todos los pupitres de
madera, pintados con ese gris mortecino
enfilados en el viejo salón de clases de 5º
y 6º de primaria, han pasado ante mis ojos,
miles de mentes brillantes depositadas en
cuerpos delgados, bronceados al sol y con un
intenso brillo en sus ojos, sus nombres se
agolpan en mis recuerdos, muchos de ellos
llegaron a ser ilustres personajes que para
lograrlo tuvieron que emigrar hacia las
ciudades.
-Maestro y ¿existen algunos
de entre esos jovencitos y jovencitas que se
fueron, que hayan regresado al pueblo?-……,
realmente alguno que otro, cuando se hacen
las campañas políticas he llegado a tener la
oportunidad de ver de lejos a algunos de mis
alumnos y me llena de satisfacción verlos en
el pináculo de sus carreras, fueron chicos
de bien, plenos en sus juegos, compartidos y
solidarios, ahora pasado el tierno, escucho
sus discursos y noto en algunos, grandes
cambios, y en otros, quedan pincelazos de
los valores y enseñanzas que fueron
sembradas en sus mentes y corazones de niños,
cuando estuvieron en sus últimos años de
primaria, pero olvidemos eso.
Escúchame, pasa ahora por mi
mente el recuerdo de dos laureles de La
India en cuyas ramas amarramos unos mecates
gruesos y largos de más de 10 metros,
haciendo cuatro columpios, sus asientos de
tablas resistentes donde mecían las chicas
tan fuertemente que el viento se regocijaba
jugando con sus largos y sedosos cabellos
negros, casi azulados al reflejar la luz del
día, recuerdo sus gritos de ... !más fuerte!,
!más fuerte! ...
Esos momentos de libertad
que gozaban los chiquillos, fuera parados o
sentados en las tablas, para lograr la mayor
altura, era la máxima sensación de plenitud
y libertad, un columpio suspendido en el
viento a la sombra de aquellos grandes
árboles. Cuando los pusimos, mis alumnos
prácticamente me obligaron a subir en uno de
ellos mientras otros lo hacían en los tres
restantes, para mí fue regresar a mis
tiempos infantiles, iba y venía con gran
fuerza mientras mis estudiantes estaban
contemplando y gritando, más alto profe, más
alto, usted puede más y más, vamos hágalo,
usted puede. Me moriré con estos recuerdos,
porque cuando bajé
del columpio, comprendí la enorme misión que
tenia frente a mí en ese salón lleno de
criaturas descalzas la mayoría, muchos
desnutridos y otros constantemente enfermos,
pero con un espíritu pleno de luz, estos
pequeños, pisando desnudos el césped natural
de los campos y la tierra caliente o húmeda,
siempre en contacto directo con esta su
madre, poseedora de toda la energía del
cielo, ellos y ellas que se podían tender
cual largos eran, en la playita de finas
arenas que formaba la corriente del río, y
señalar al cielo gritando miren un águila, o
callen un momento, escuchemos al viento
traspasar las ramas de los ahuehuetes y
sauces, el trinar de los cardenales y las
calandrias y todos, solidariamente,
guardaban silencio al tiempo que soñaban lo
que serían en lo futuro, mientras escuchaban
el entorno que les envolvía.
Hoy que me encuentro a la
sombra de este magnifico árbol, que me ha
visto pasar desde mi más tierna juventud
hacia la escuela por más de 50 años, puedo
desnudar mi alma ante ti, joven maestro, que
inicias apenas el noble camino de entregar
toda tu vida y todo tu ser a esos jóvenes
actuales, de los que no sabes nada, pero de
los que aprenderás y conocerás poco a poco.
Ellos no saben de columpios, ni arenas de
ríos, mucho menos escuchan el silencio y a
las aves del cielo, porque ya queda muy poco
de ello en este mundo citadino, ellos
pertenecen a la pantalla de la información,
es su controladora, ya pocos saben del
sentimiento y del amor verdadero, lo sexual
y material los ha imbuido, ya que por
desgracia, obtienen gran información al
pasar cientos de horas frente al computador
enfrascados en su soledad mal interpretada,
todo por no conocer la llave de su cofre
cósmico, colmado de lo mejor de sus seres
perfectos e iluminados. Parte de tu misión
se centra en ello, deberás abrir tu cofre y
mostrarlo con amor a todos tus alumnos para
que ellos reinicien su vida interior que se
suspendió en sus tiernos años.
Estos ángeles perfectos, que
pasan frente a tus ojos cada semestre,
deberán tener el valor de cruzar todos los
desiertos en su propio pie y llegar al oasis
de sus espíritus, encontrarán la llave de su
cofre personal y la humanidad se renovará,
convirtiendo los desiertos arenosos
desolados, en los vergeles y jardines
universales de los cuales procedemos todos.
Te deseo lo mejor de lo mejor que eres tu
mismo en esencia, usa apropiadamente la
creatividad de tu mente que todo lo puede y
llama a las puertas de esas almas, te
aseguro que ellas, perfectas e iluminadas
abrirán y pasarás a morar entre ellas por
siempre, serán inmortales en tus recuerdos y
tú en los de ellas, hasta que algunas
entiendan y deseen reaprender a amarse y
entregarse a un ideal, dando valor y sentido
a sus vidas, volviendo plenamente
evolucionadas a las estrellas, principio y
origen de sus ser resplandeciente.
El anciano maestro de pueblo
se incorporó, estrecho mi mano con firmeza y
noté un inusual brillo en su mirada, observé
las líneas de su rostro y me maravilló el
hombre detrás de esa sonrisa, acababa de
escribir en mi corazón un palmo más de su
inmortalidad.